Ya la vida le sabía a nada y su existencia se reducía a cuatro paredes, cubiertas de humedad y libros, que compartía pura y exclusivamente con su soledad.
Su historia y sus recuerdos eran parte de un pasado que apenas podía y quería recordar.
Había cambiado su piel y su alma por la de tantos otros personajes de alguna novela que ya no se reconocía en el espejo.
Aquel espejo en el cual había observado su imagen infinitas veces,
aquel espejo frente al cual se había arreglado para salir algùn tiempo atrás.
Aquel espejo cuyo reflejo no era más que el de un extraño.
Recoraba haberlo visto antes;
un hombre solitario al que los años lo habían jugado una mala pasada.
Un hombre de ojos tristes y mirada cansada,
con un corazón débil y lleno de reproches;
un hombre con la esperanza gastada
que todavía relee sus viejos libros deseando robarles un instante de felicidad;
aquella felicidad que le habían traído cuando todavía creía en la existencia de aquel sentimiento frágil.
Cuando todavía no estaba cansado de la vida.
Cuando todavía no estaba cansado de soñar.
Un hombre que mucho y nada tenía que ver con sus personajes de ficción.
Un hombre que lo había perdido todo [hasta las ganas]
y cuya historia no tendría un final feliz.
1 comentario:
Hay Dios Mio! Hasta me haces suspirar... y soñar...
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