lunes, 8 de febrero de 2010

Volvía a casa.
No quería que se hiciera tarde.
Anduve despacio, torpe;
como recién salida de un trance;
un pie pidiéndole permiso al otro para avanzar.
Como si recien aprendiera a dar mis primeros pasos.
Como si fuera la primera y última vez que caminaba aquellas veredas.
Miraba todo, observaba.
Cada línea de las baldosas,
cada árbol, cada hoja, cada casa.
Cada persona.
Como si nunca hubiese visto nada semejante.
Como si fuera a morir mañana.
Tenía la sensación de que nadie podía verme,
que nadie podía escucharme.
Era mutuo.
Esa tarde, para mi solo existía el mundo,
y para el mundo, solo existía yo.

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